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Es verdad que nadie ha conseguido jamás ser feliz llevando resentimientos y odios en su interior.

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Muchas personas juzgan su capacidad de perdonar en función de su memoria. Creen que si olvidaron el daño que recibieron es porque han perdonado, pero, si recuerdan la ofensa recibida es porque todavía no han logrado hacerlo. No es así como funciona el perdón. Es verdad que nadie ha conseguido jamás ser feliz llevando resentimientos y odios en su interior, pero el perdón no es un ejercicio de la memoria, sino que es una gracia de Dios y una tarea de nuestra parte. No podemos dejar el perdón, que es un ejercicio del corazón, a merced de nuestra buena o mala memoria. El perdón es una actitud que se aprende y se construye. Aprendemos a perdonar porque no nace solo, sino que lo construimos día a día.

El acto de perdonar tiene una doble dinámica beneficiosa porque no solamente liberamos a otro de estar enredado en nuestros sentimientos y deseos oscuros, muchas veces de venganza, sino que además llenamos nuestro interior de luz y paz. Da pena encontrarse con personas con odio y resentimiento enquistados en el alma. Siguen lamentándose por lo que hicieron, lo que le hicieron o por lo que les sucedió. Amarrados al rencor, a la desilusión, a los errores y fracasos del pasado siguen sin poder zarpar. Son como barcas encalladas en la tristeza que han perdido la conciencia de que fueron construidas para navegar mar adentro. ¡No te quedes rumiando sentimientos y deseos amargos! Libera las amarras, libera a las personas, suelta los resentimientos, abandona la queja, deja de cargar con culpas, anímate a soltar lo que te aflige y verás como tu vida cobra nuevo sentido.

P. Javier Rojas, SJ

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